¿Por qué juegas a fútbol?

Suena el despertador a las seis de la mañana y apenas puedo abrir los ojos de lo cansado que estoy. El despertador está demasiado lejos, me parece trabajoso y me queda todo el día por delante.

Salgo del colegio y tengo tarea para casa, ha sido un día muy duro, pero aún no termina. Tengo entrenamiento.

foto propi

Camino muy despacio hacia el bus escolar que me llevará a casa mientras mi compañero me explica que tiene bonificaciones en el nuevo videojuego. Se pasa los cuarenta minutos de trayecto contándome que se irá a no sé qué piscina con otros compañeros y que había quedado para jugar un rato a la videoconsola en casa de su primo mayor; a mi me cuesta mantenerme despierto y de repente me pregunta:

“¿Por qué juegas a fútbol?”

Después de unos segundos pensando al fin respondo muy bajito: “No lo sé”

 

 

Mi compañero se baja del bus corriendo con muchísima energía y salta los escalones del autobús de un solo salto, mientras yo apenas puedo sostener la mochila con los libros. Parece que tiene prisa por disfrutar su tarde de bicicleta y de videojuegos. Realmente me hace dudar de si me gusta el fútbol o no. Pero ahí veo a mi padre, aparcado en la misma esquina de siempre, esperándome con un bocata y un zumo. No sé porque pero me alegra verle ahí, nunca falla. Él se levanta a las 5 de la mañana y no come al medio día para poder adelantar el trabajo y tener tiempo para mí.

Me acerco al coche y alguien me llama desde el otro lado; es mi compañero de equipo que se ha bajado de otro bus que le trae de su escuela. A pesar del cansancio nos saludamos muy efusivamente con un choque de manos personalizado; mi padre sonríe mientras niega con la cabeza. Abrimos el maletero para dejar las mochilas del colegio y ahí están: las dos mochilas del equipo preparadas para el entrenamiento de hoy. En el lateral de la mochila veo mis botas y de la nada aparece energía en las piernas. ¿De dónde ha salido esta fuerza?

 

 

 

A pesar de los 40 minutos de trayecto, el camino al entrenamiento se me hace muy corto; mi amigo y yo nos explicamos anécdotas de nuestro colegio y nos reímos de las tonterías que dijo un compañero de equipo el día anterior. Mi padre no da crédito. A estas alturas mi compañero de colegio ya estará con las bicicletas o con los videojuegos.

Llegamos al campo de fútbol y salimos corriendo sin saber la razón; aún faltan treinta minutos para iniciar el entrenamiento pero mi compañero y yo hacemos una carrera no pactada para ver quien llega antes a la banca! Sonreímos sin saber, pero la diversión ya empezó.

 

En el campo, vemos que el entrenamiento del día está preparado: parece un laberinto de conos pero no es más que una ayuda a nuestra formación futbolística. Los entrenadores de todas las categorías nos saludan por nuestro nombre y nos dejan los balones para que podamos jugar libremente antes de iniciar el trabajo.

Petos distintos, a mi me tocó el azul y a mi compañero de viaje el amarillo. Vamos a ser rivales de entrenamiento y mientras el entrenador explica las condiciones del juego no podemos dejar de mirarnos y sonreír. El duelo está a punto de empezar.

 

¡Agotados! No puedo más y mi compañero está estirado en el suelo. El entrenamiento a finalizado y sé que he aprendido. Hoy era el control orientado para proteger el balón de una presión inmediata del rival. Ya sé mantener la posesión de la pelota y sé que mi compañero también porque apenas he conseguido robarle el balón.

Camino hacia el coche vamos comentando parte del equipo las ganas de jugar el partido de mañana. No sólo vamos a poner en práctica lo aprendido en el día de hoy. Mañana vamos a aprender a competir mediante todo lo aprendido en los últimos meses, porque al igual que en la vida, partido a partido, día a día vamos aprendiendo a competir individualmente para mejorar a nivel grupal.

 

Camino a casa mi compañero de equipo me pregunta en el coche ¿Por qué sonríes? ¡Porque ya sé la razón por la que juego al fútbol!


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